Teatro de máscaras + genialidad + compañía española más internacional + humor y dolor
Kulunka Teatro

celebra su 16º cumpleaños
y lo hace en Madrid con el montaje que los colocó en el mundo. ¡Y vaya cómo los colocó!
«André y Dorine»
Vuelve a Madrid
Teatro Pavón
del 11 al 29 de noviembre
Si ya la has visto, sabes de qué te hablo; y si no, estás tardando…
* Reconocida dentro y fuera de nuestras fronteras, Kulunka Teatro ha generado un sello de calidad y creatividad que los convierten en un referente mundial en el teatro de máscaras.
* su fino humor y su cuidado e imaginativo trabajo les permiten hincar el diente a temas como la demencia, la soledad o la discapacidad…
* Esta supone su vuelta con el espectáculo con el que se han ganado el aplauso y el respeto de crítica y público.Garbiñe Insausti y José Dault son los fundadores en el 2010 de Kulunka teatro. Su primer espectáculo “André y Dorine”, una tragicomedia de máscaras, sin texto, se estrenó en Octubre de 2010 y desde entonces hasta ahora han recorrido más de 30 países, entre ellos, Colombia, Nepal, Argentina, Ecuador, Cuba, República Dominicana, Panamá, Rusia, Inglaterra, Finlandia, Noruega, China, Turquía…más de 1.000 funciones en más de 30 países los contemplan.
Premios Best Emsemble y Best Speciality en Los Ángeles concedidos por la crítica especializada norteamericana; Audience Prize y Best Dramaturgy del Be Festival anglosajón; el Best Foreing Show del Festival de la Habana; o los premios españoles Ojo Crítico, Ceres, Max…refrendan una trayectoria exquisita y creativa.
Teatro de máscaras + genialidad + compañía española más internacional + humor y dolor
Kulunka Teatrocelebra su 16º cumpleaños
y lo hace en Madrid con el montaje que los colocó en el mundo. ¡Y vaya cómo los colocó!
«André y Dorine»
Vuelve a Madrid
Teatro Pavón
del 11 al 29 de noviembre
Si ya la has visto, sabes de qué te hablo; y si no, estás tardando…
* Reconocida dentro y fuera de nuestras fronteras, Kulunka Teatro ha generado un sello de calidad y creatividad que los convierten en un referente mundial en el teatro de máscaras.
* su fino humor y su cuidado e imaginativo trabajo les permiten hincar el diente a temas como la demencia, la soledad o la discapacidad…
* Esta supone su vuelta con el espectáculo con el que se han ganado el aplauso y el respeto de crítica y público.Garbiñe Insausti y José Dault son los fundadores en el 2010 de Kulunka teatro. Su primer espectáculo “André y Dorine”, una tragicomedia de máscaras, sin texto, se estrenó en Octubre de 2010 y desde entonces hasta ahora han recorrido más de 30 países, entre ellos, Colombia, Nepal, Argentina, Ecuador, Cuba, República Dominicana, Panamá, Rusia, Inglaterra, Finlandia, Noruega, China, Turquía…más de 1.000 funciones en más de 30 países los contemplan.
Premios Best Emsemble y Best Speciality en Los Ángeles concedidos por la crítica especializada norteamericana; Audience Prize y Best Dramaturgy del Be Festival anglosajón; el Best Foreing Show del Festival de la Habana; o los premios españoles Ojo Crítico, Ceres, Max…refrendan una trayectoria exquisita y creativa.
Esto han dicho los críticos:
Javier Villán, en El Mundo, emocionado:
Dura es la belleza del silencio; la máscara, el dominio del cuerpo. Y la condena de una vejez pesarosa, las miserias de la carne y el espíritu: la soledad de dos. Lo escribió el poeta, «es más triste, todavía, la soledad de dos en compañía». André y Dorine, de Kulunka Teatro. La historia sólo tiene en común con el hecho real del filósofo André Gortz y su mujer Dorine, la coincidencia de nombres. Éstos, los reales, se suicidaron juntos y por amor cuando la vida era ya una enfermedad letal: «si tuviéramos una segunda vida nos gustaría vivirla juntos». El amor supremo, que no se da en la función. Aquí, André es despótico,machista,egocéntrico.
Garbiñe Insausti, José Dault y la Compañía Kulunka han dado vuelta al asunto. Y la historia, contada sin palabras a través de unas máscaras prodigiosas y unos intérpretes no menos admirables, es más real y menos heroica. Una máquina de escribir y un violonchelo hacen su guerra, que es la guerra de André y Dorine. Fascinante.
Tres jóvenes con fundamentos: José Dault, Garbiñe Insausti, Edu Cárcamo, para varios personajes: precisión matemática de entradas y salidas, ritmo exacto. El cuerpo del actor dando vida a la materia inerte. Bajo las espléndidas máscaras de Garbiñe, –la tristeza, la irritación, la hosquedad, la ternura o la irritación– tiene que haber siempre un intérprete. De lo contrario son materia muerta, cartón piedra.
La fusión entre actor y máscara cuenta una historia sin palabras: la historia de una vejez sin amor o la historia de un amor olvidado. La historia de una pareja a la que sólo une ya la costumbre. Y dos símbolos que continúan manteniéndolos vivos: una máquina de escribir que teclea frenéticamente y un violonchelo cada vez más silencioso. Estos trazos definen un teatro puro, sin ornamentaciones ni retórica. Son la base de dos vidas, la de André, el escritor, y Dorine una mujer a la que sólo queda la música de su instrumento: ambos, máquina e instrumento musical, son también símbolo de su incomprensión recíproca, de la soledad, sobre todo, de Dorine. La gente llora de pena, de emoción o de melancolía. Porque en el fondo, mientras hay soledad, hay esperanza. Sin la soledad no queda nada; escribió un poeta. Hay quien no tiene soledad siquiera.
O Antonio Castro, que también me conmovió:André y Dorine son un matrimonio de ancianos dedicados a hacerse la puñeta mutuamente. Hasta que se cuela en la vida de Dorine el temible Alzheimer. A partir de ese momento André escribe los episodios de la vida en común para luchar contra el progresivo olvido de la esposa. El primer encuentro, el flechazo, el nacimiento del hijo… Mientras, Dorine se va sumergiendo inexorablemente en la sima del olvido.
No hay una recreación en el dramatismo de la situación. Constantemente se intercalan chispazos humorísticos que devuelven la sonrisa al público. Al final queda una bellísima historia de amorentre dosseres que comparten todauna vida. Son ochenta minutos de ternura, de buen teatro sin palabras, de sentimientos. Viendo «André y Dorine» se comprende que lleven tres años viajando por todo el mundo. Este es un teatro universal.
El director ylos tresactores, Edu Cárcamo, José Dault y GarbiñeInsausti, cuentan la historia con el juego de máscaras, lo que permite desarrollar un formidable trabajo de expresión corporal. Los tres actores cambian a menudo de máscara y de personalidad para recorrer las distintas edades de los protagonistas. Las máscaras, por cierto, han sido diseñadas por la propia Insausti.
La dramaturgia se estructura en situaciones, en ambientes, en acciones mudas. Hay capítulos especialmente brillantes, como los intentos de André por vestir correctamente a su esposa, que ya no distingue un guante de un calcetín, un bolso de un sombrero. Escena larga, tensa, sostenida con un pulso y un ritmo perfectos. Seguramente los espectadores, si no estuvieran sobrecogidos por la emoción, aplaudirían este mutis.
La dirección es minuciosa, encajando perfectamente las salidas de escena de los actores para adoptar una nueva personalidad, sin que se afecte el ritmo de la narración escénica. Hay numerosos detalles -la nota en papel rojo, el embarazo, los libros- que denotan un interés por subrayar cada momento con una pincelada de ternura.
«André y Dorine» podría convertirse, con todo merecimiento, en un espectáculo de culto. ¡Lleven pañuelos suficientes! Seguramente los necesitarán.
O Raúl Losánez, en La Gaceta, absolutamente entregado:Después de un exitoso y largo periplo por más de una veintena de países, enmarcados en ámbitos culturales tan dispares como son los de Estados Unidos, Turquía, Rusia, Nepal, Cuba o Finlandia, por citar solo algunos, la compañía Kulunka ha llegado a Madrid con el maravilloso y conmovedor montaje de teatro de máscaras tituladoAndré y Dorine.
(…)no hace falta ser un genio para darse cuenta de las muchísimas posibilidades comerciales que tiene esta obra, que habla de la vejez y la enfermedad –en este caso del Alzheimer-, pero también, y sobre todo, habla del amor, del amor total, en cualquier edad y frente a todo; del amor contra el tedio, la rutina, el tiempo y el egoísmo; del amor como un sentimiento noble, profundo y elevado, que hará que incluso el espectador más escéptico o sombrío se reconcilie, siquiera durante unas horas, con la vida y con el género humano.Y no solo es universal el amor como asunto de fondo, sino que también lo es, y mucho, la forma de escenificar esa historia de amor: tanto por el uso de las máscaras, que sirven para convertir a los personajes en verdaderos arquetipos en el imaginario del observador, como por la renuncia absoluta, por parte de la compañía, al texto y la palabra como vehículos de expresión; esto quiere decir que la pantomima -ese lenguaje común y genérico para todos los mortales- se convierte en manos de estos estupendos actores en el arma más eficaz que nadie hubiera imaginado para imprimir en el inconsciente del público, con sobrecogedora delicadeza, todo un rosario de emociones y sentimientos a lo largo de la representación.
Inspirada vagamente en una hecho real,André y Dorine, esta historia de un hombre mayor que deja de entregarse a sí mismo para entregarse a su mujer cuando ella más lo necesita, es una obra que puede gustar y gustará a cualquiera, porque sus creadores saben dónde se halla la esencia del alma humana, y hacia allí se dirigen directamente, sin trampas ni rodeos, con claridad, con ternura y también con humor, con el dulce humor que acompaña siempre a la vida y casi la justifica.
Si este montaje, que, como era previsible, está agotando las localidades todos los días, no llega después a un teatro más grande, de los muchos que hay en Madrid y que nunca se llenan, es que los programadores/productores no van realmente al teatro a ver qué se está cociendo o, simplemente, no son demasiado buenos en su trabajo.
O José Ramón Díaz Sande, con su profunda capacidad:
André y Dorine son dos personajes dramáticos, cuya inspiración parte de André Gorz y Dorine, matrimonio octogenario, que buscaron morir juntos. Un año antes André – filósofo y escritor – había escrito un pequeño libro que era una declaración de amor hacia su mujer Dorine. En ella seguía vivo el amor juvenil de cuando decidieron, en su juventud, vivir juntos.
La Compañía Kulunka Teatro, especializada en Teatro de máscaras, aprovecha como arranque para su espectáculo, este amor de André Gorz y Dorine, y nos cuenta una historia de amor eterno, que ha sabido salvar y superar los baches propios de toda vida en común. Cada uno tiene sus pequeñas manías, nacida del continuo roce rutinario. Dorine es una virtuosas del Cello y André de la literatura como escritor. André intenta teclear el punto final de su último libro. Intenta porque Dorine no renuncia a interpretar una melodía con su cello. Se entabla una lid entre los dispares sonidos. A partir de tal pugilato asistimos a la vida de ambos mediante vueltas atrás hacia el pasado, que se alterna con el presente. De ahí surge una historia tierna y llena de humor, en la que entre los achaques de la senectud el Alzeimer cobra protagonismo, sin que sea el tema central. Maravilla lo acertado de tocar un tema tan delicado, sin caer en el melodramatismo y sí aportar un fino humor, lleno de ternura. Si queremos hablar de temática, hay que situarla en el amor real que une a ambos seres. Esto hace que la historia de André y Dorine alcance valor universal.
La estructura dramática sigue el esquema de escenas cortas que basculan, como he dicho, entre el presente y el pasado. Hay que albar la transiciones y elipsis, siendo una de las más inteligentes y poéticas la del final que no conviene desvelar.
André y Dorine son los protagonistas, pero en torno a ellos hay 12 personajes más, y aquí, casi suena a milagro o «bilocación», porque el total de los 14 personajes incluidos André y Dorine los interpretan sólo tres actores: un ella y dos ellos. Tal múltiple desdoblamiento se consigue gracias a las máscaras, que poseen una gran expresividad, con un pie en el realismo y otro en la bondadosa y humorística caricatura. Sorprende la eficacia de la expresión de la máscara , para connotar al personaje, el cual termina por lograr su perfil con la meticulosa y medida composición y movimiento del cuerpo, que nos lleva, perfectamente, a conectar con el personaje y sus sentimientos, sin necesidad de emitir una sola palabra. La temática y el lenguaje sin palabras proporcionan al espectáculo un alcance universal, válido para todas las naciones y lenguas.
A la ternura y el humor, se le une la emoción de algunas escenas que convulsionan el interior del espectador. Un espectáculo que vale la pena incluir en la memoria.
El diseño y construcción de las máscaras se debe a Garbiñe Isausti, intérprete femenino de André y Dorine. Una obra de arte.
Esther Soledad Esteban Castillo
