Os presentamos El conflicto no es abuso. La exageración del daño, la responsabilidad de la comunidad y el deber de la reparación, de Sarah Schulman, escritora, periodista, historiadora del sida y activista LGTBIQ+, vinculada desde hace décadas a los movimientos queer.
En este libro, Schulman se pregunta qué ocurrecuando confundimos conflicto y abuso, una cuestión especialmente relevante en una cultura cada vez más proclive a sobredimensionar el daño y convertir las situaciones de confrontación en una cuestión devíctimas y culpables.
Desde las relaciones íntimas hasta el análisis de la ocupación israelí de Palestina, la autora muestra cómo la exageración del daño puede alimentar la búsqueda de chivos expiatorios y sustituir la autocrítica por el castigo.
En un libro tan incómodo como urgente, Schulman repensar nuestra relación con el conflicto, el poder y la responsabilidad, y recuperar la capacidad de las personas y las comunidades para afrontar sus diferencias, reparar el dañoybuscar formas de resolución colectivas.
La edición cuenta además con un prólogo de Laura Macaya, educadora social y militante anarcofeminista, experta en violencias de género e investigadora en perspectivas del feminismo antipunitivo.
«El libro de Schulman no podría haber llegado en mejor momento. El conflicto es un bálsamo contra las explicaciones simplistas de la violencia y el abuso, aquellas que sabemos que no son ciertas, solo fáciles».
VILLAGE VOICE
«Esta obra presenta un cambio radical en la forma de pensar sobre el conflicto, las relaciones de poder, el daño y la responsabilidad social».
THE GLOBE AND MAIL

En El conflicto no es abuso, Sarah Schulmananaliza cómo la sobredimensión del daño, característica de nuestra cultura contemporánea, puede transformar conflictos negociables en situaciones percibidas como amenazas o abusosy, en consecuencia, generar respuestas de castigo, rechazo o exclusión.
Su propuesta parte de una distinción fundamental: el conflicto es una «lucha de poder» que forma parte de la vida común; elabuso implica «poder sobre» y una relación de dominación. Distinguirlos no significa restar importancia al sufrimiento, sino reconocer las situaciones reales de violencia y opresión yresponder a ellas de manera adecuada.
Schulman se interesa especialmente por el momento en que un conflicto comienza a interpretarse como una amenaza. Cuando el daño se sobredimensiona, la respuesta puede desproporcionarse y hacer escalar la confrontación.
A través de ejemplos que van de las relaciones íntimas a actuaciones de la policía, pasando por la criminalización del VIH y la ocupación israelí de Palestina, la autora examina cómo se construyen las percepciones del daño y la amenaza, así como los relatos sobre quién ocupa el lugar de víctima y qué respuestas que se consideran legítimas.
En el ámbito de las relaciones personales, Schulman muestra cómo malentendidos, desacuerdos y situaciones ambiguas pueden convertirse en acusaciones de agresión, desde el coqueteo y la pareja hasta la familia y los círculos de amistad. Cuestiona así las categorías rígidas de víctima, agresor, abuso o acoso cuando impiden comprender la complejidad de las relaciones humanas y abordar los conflictos.
La interpretación de estas situaciones puede llevar a recurrir automáticamente a la policía y al Estado. Schulman advierte de que delegar en instituciones punitivas la gestión de los conflictos puede reforzar la violencia y el control estatal, en lugar de favorecer que las personas y las comunidades asuman un papel activo en su abordaje.
Frente a esta respuesta, reivindica la autocrítica, el diálogo y la intervención comunitaria. El «deber de reparación» implica reconocer el daño, responder por sus consecuencias y asumir la responsabilidad de restituir lo posible, sin imponer necesariamente la reconciliación.
Schulman también cuestiona el narcisismo que fomenta el neoliberalismo y señala las condiciones materiales que dificultan la responsabilidad colectiva. Frente a ello, plantea la necesidad de fortalecer las capacidades necesarias para afrontar los conflictos de forma cooperativa.
En última instancia, la autora reivindica una solidaridad real y otra forma de relacionarnos con el conflicto: no como una amenaza que deba eliminarse, sino como parte de la vida común y una condición necesaria para la vida política y la transformación.
Esther Soledad Esteban Castillo
