Crítica de Las Canciones de Pablo Messiez

Sinopsis

Parece que antes de nacer ya estábamos escuchando cosas. Luego, ya en el mundo, nos vimos rodeados de entonaciones. Con el tiempo, algunas se fueron convirtiendo en palabras. Palabras que aprendimos a decir y a repetir hasta olvidar que alguna vez fueron música. Y así crecimos, con el lenguaje y sus sentidos, atenuándole su musicalidad a la voz.

Por suerte, también cantamos. Y cuando cantamos el cuerpo recuerda que hay algo más en las palabras que unas ideas en los labios. Que hay mucho más en cada nombre que un deseo de nombrar. Hay aire, movimiento, voluntad y música. Por eso nos acompañan las canciones. Las que nos cantaban para dormir, las que cantamos borrachos, las que están atadas a un recuerdo para siempre, las que nos hacen reír, las que no podemos escuchar sin llorar. Para recordarnos ese misterio. El que conocemos antes de nacer. El de la música que hay en todo.

Las canciones nace del deseo de ocuparnos del sentido siempre abierto, el primero: el escuchar. Escuchar el mundo y escuchar su música contra la que ningún párpado protege puesto que, como dice Quignard, ningún párpado se cierra sobre la oreja.

En Las canciones, un grupo de personas se reúne para escuchar diversas músicas. Y lo que en principio parecía un acto inofensivo –un grupo de gente escuchando y cantando canciones– termina por transformarlos a todos.

Es lo que sucede al asomarse a algún misterio.

Ficha técnica

Texto

Pablo Messiez, a partir de personajes y situaciones de las obras de Antón Chéjov

Dirección

Pablo Messiez

Intérpretes

Javier Ballesteros, Carlota Gaviño, Rebeca Hernando, José Juan Rodríguez, Íñigo Rodríguez-Claro, Joan Solé y Mikele Urroz

Dirección de producción

Jordi Buxó y Aitor Tejada

Producción ejecutiva

Pablo Ramos Escola

Producción

Víctor Hernández

Escenografía y vestuario

Alejandro Andújar

Realización vestuario

Ángel Domingo

Ambientación

María Calderón

Colaboración vestuario

Mamen Duch

Iluminación

Paloma Parra

Diseño sonoro

Joan Solé

Coreografía

Lucas Condró

Ayudante de dirección y sobretítulos

Javier L. Patiño

Traducciones

Lorenzo Pappagallo

Distribución

Caterina Muñoz Luceño

Comunicación

Pablo Giraldo

Fotografía

Vanessa Rábade

Diseño gráfico

Patricia Portela

Crítica

Qué difícil es ya en estos días conseguir crear una obra de teatro original, enigmática, cargada de fuerza y pasión y a la vez ser divertida y ligera dentro de su poderosa emoción haciéndote que la obra vuele sin haberte dado ni cuenta.

Amantes de la música y ante todo de las historias personales que tocan el corazón, aquí tenéis una obra creada por Pablo Messiez que os va a enganchar y se va a quedar a vivir en vuestra cabeza durante bastante tiempo.

Las canciones tienen un poder místico que pueden arrancarnos el alma, curarnos o hasta envejecernos en una amplia y eterna gama de sentimientos que nos mostrarán estos protagonistas que se encuentran ante un día muy especial y que nada va a terminar finalizando como empezó y van a suceder cosas totalmente inimaginables para ellos.

En un original escenario representado en el Kamikaze conoceremos a tres hermanos, un amigo, la pareja de uno de ellos tres y dos músicos que terminarán desnudándose emocionalmente y cambiando sus vidas exponiendo la verdad, sus pensamientos y todo lo que llevan dentro sin temor a no poder volver atrás.

Sonidos del mar, una vida que pasa sin esperar y un cuerpo y un alma que van avanzando sin dejar tregua pero aniquilando muchos sueños y esperanzas creando otras nuevas y haciendo que otras se deshagan sin poder nunca volver atrás, amores no correspondidos que cuestionan nuestra forma de amar y nuestros límites, conversaciones que tenemos con desconocidos que no hemos tenido nunca antes y gracias a las que nos terminamos conociendo…

Un elenco amplio en el que nadie desentona y que forman la escala musical perfecta para estas canciones de Messiez, donde no hay que olvidar destacar que quizás en esta obra podremos ver el interludio más enérgico y maravilloso que podremos ver en mucho tiempo si es que se llega a igualar. Todo ello si aún queremos mejorarlo, que mejor forma que decir que todo tiene de fondo la huella de Chéjov.

Una de esas obras que al salir no sabemos bien como definir ni cómo afrontar pero que pueden tocarnos y dejarnos tan asombrados que hasta nos dan ganas de vivir aún más.

Esther Soledad Esteban Castillo, Madrid

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