En el anuario de Oxford de 1983, Boris Johnson aparece en una fotografía con dos bufandas y una ametralladora sobre una inscripción en la que promete anotarse «más tiros en su falo falocrático».

Os presentamos Amigocracia. Cómo una pequeña casta de tories de Oxford se apoderó del Reino Unido, del escritor y periodista sudafricano-británico Simon Kuper.
Simon Kuper llegó a Oxford con dieciocho años para estudiar Historia y Alemán. Entonces, David Cameron, Boris Johnson, Michael Gove y Jeremy Hunt se acababan de graduar, y aquella era todavía una universidad bastante chapucera, plagada de acoso sexual, machismo, racismo, diletantismo, vagancia y alcohol.Amigocracia es un retrato de la atmósfera privilegiada y enrarecida de Oxford, una universidad por la que han pasado trece de los diecisiete primeros ministros británicos desde 1940, y una mirada condenatoria a la camarilla universitaria que cambió para siempre la forma de ver la democracia en Reino Unido.
«El cuadro que dibuja Kuper es el de una nación con una clase
dirigente decadente y profundamente poco profesional, un diagnóstico
con el que es imposible no estar de acuerdo».
THE TIMES OF LONDON
Poder. Privilegio. Fiestas. Es un mundo muy pequeño en la cima.
Boris Johnson, Michael Gove, David Cameron, George Osborne, Theresa May, Dominic Cummings, Daniel Hannan, Jacob Rees-Mogg: trece de los diecisiete primeros ministros de Gran Bretaña desde 1940 han estudiado en Oxford.
Whitehall está plagado de viejos oxonianos que han debatido en tutorías, se han enfrentado en las elecciones estudiantiles y han asistido a los mismos bailes y cenas de etiqueta. No son sólo colegas: son compañeros, rivales, amigos.
A los alumnos de Oxford se los educa para tomar el poder desde críos. El objetivo principal de la mayoría de ellos cuando acceden a la universidad es pasárselo bien y entablar amistades que les duren toda la vida y que hagan las veces de futuros contactos laborales.
Así que merece la pena preguntarse: ¿cómo ha sido Oxford capaz de captar a la casta británica? ¿Y con qué consecuencias? Entender en qué consiste el poder en Inglaterra hoy requiere viajar atrás en el tiempo a las calles de Oxford entre los años 1983 y 1998.
En la década de los ochenta, el culto al trabajo estaba mal visto en Oxford. Graham Greene, al final de su vida, confesaba: «Durante casi un bimestre me acostaba borracho y me ponía a beber nada más levantarme. Sólo tenía que estar sobrio una vez a la semana para leerle un trabajo a mi tutor».
Stephen Hawking, tras una visita a la universidad en 1959, dijo haberse encontrado con: «Una mala actitud generalizada, aversa al trabajo duro. Esforzarse para sacar mejores notas estaba mal visto y te convertía en un autén tico grey man, el peor epíteto en el vocabulario de Oxford».
Los protagonistas de la tragicomedia del Covid y el Brexit, David Cameron y Boris Johnson, eran, además, dos ilustres miembros del Bullingdon —un club de jóvenes ricos que, según se dice, queman billetes de 50 libras esterlinas delante de los mendigos como parte de la ceremonia de iniciación—.
Los miembros del Bullingdon saben que sonespeciales, elegidos, que están por encima de la ley.De hecho, Cameron y Johnson, fueron la afortunada pareja que escapó de la policía tras destrozar un restaurante en 1987. Y de ahí, «se dice que los actos criminales arbitrarios del club son para asegurar que los miembros puedan ser engatusados y chantajeados unos por otros».
Tal es así, que cuando Cameron tuvo que formar su gabinete, eligió canciller a George Osborne, otro antiguo alumno de Bullingdon, y también dio la bienvenida a Boris Johnson en 2015.
En Amigocracia, Simon Kuper analiza cómo la atmósfera enrarecida y privilegiada de este estrechísimo grupo de amigos ha dado forma a la Gran Bretaña moderna. Una mirada condenatoria a la camarilla universitaria que cambió para siempre la forma de ver la democracia del Reino Unido.
«En las reuniones de la sala común, cuando una mujer intentaba hablar, lo normal era que los hombres vocearan: «¿Por qué no te sacas las tetas para que las veamos todos!». Y a un estudiante sij le gritaron en la universidad (sin consecuencia alguna, por cierto): «¡Anda, pero si ahora dejan entrar a los cabezatoallas!». La homofobia se daba por hecho. Cualquier queja sobre estas tradiciones era tratada como demostración de una manifiesta falta de sentido del humor».
SIMON KUPER

Esther Soledad Esteban Castillo
